Los extraterrestres quieren cocido
De todas las historias que me han podido contar sobre los trabajadores de la editorial, ninguna me ha sorprendido tanto como aquella acerca de extraterrestres. Por muy extraño que parezca, yo he vivido en primera persona los desvaríos que sufren sus trabajadores por culpa del estrés y tensión que les hacen sufrir.
Hablemos del señor rosa, protagonista de todo lo acontecido. Un hombre inteligente, de eso no cabe duda, pero asqueado con el mundo en general y también en particular. No le gusta comunicarse demasiado con los demás trabajadores, salvo con la señora de amarillo, con la que entabla una interesante amistad caracterizada por la absoluta confianza. El señor rosa posee una casa en un pueblo de Guadalajara, de cuyo nombre no me veo capaz de recordar. En esa casa, el susodicho personaje se dedica a labores de restauración, y por ello realiza una preciosa bodega y un parque para los habitantes del pueblo, aunque esa es otra historia. La señora de amarillo me habla continuamente del señor de rosa, y aunque yo le conozco desde que nací, me veo totalmente incapaz de recordar su rostro o incluso su voz. Pero vayamos directamente a la historia que me veo casi obligada a contar.
El señor rosa tiene la extraña manía (o facultad según como se vea) de rebuscar con gran asiduidad en la basura para encontrar objetos que en algún momento pudieron ser perdidos en el olvido de sus originales dueños. En un gran número de casos no se encuentra nada interesante, pero a veces lo inesperado ocurre. Y eso fue precisamente lo que le ocurrió a esta individualidad, cuando para su sorpresa dio con un arcaico aparato receptor o retransmisor de ondas de baja frecuencia. El señor rosa, con su capacidad para la restauración y arreglo de todo lo que se vea sin solución, consiguió sin grandes esfuerzos hacer funcionar este viejo cacharro. Durante un tiempo no consiguió contactar con nadie pero un día tuvo que suceder lo que tenía que suceder.
Su hijo menor intentó contener las lágrimas, mientras su mujer lloraba desconsoladamente. El señor rosa sostenía en sus delgados brazos el retransmisor con el que días antes afirmaba había contactado con los marcianos, o mejor dicho, con extraterrestres, porque él nunca nombró la palabra “marcianos”. Pues había estaba la tensa situación de una mujer llorando porque su marido había perdido toda cordura, un joven cuyo padre insistía en que si seguía sus instrucciones, los extraterrestres podrían contactar con él sin ningún tipo de interferencia. Durante toda una noche, siguieron las órdenes del señor rosa mientras sostenía el retransmisor. Pero como era de esperar, no encontraron a los extraterrestres. Al no encontrar más apoyos en su familia, el individuo siguió con la búsqueda en solitario. Se dice que un día contactaron con total claridad, y éstos le ordenaron (palabras textuales, lo juro) “que hiciera un cocido en una olla de barro y la enterrase en la tercera rotonda de Algete”…
Sí drugos, eso fue lo que le ordenaron al señor rosa los extraterrestres…
Y claro, como su familia creía que había perdido la cabeza, fue a la señora de amarillo para que le hiciera el favor de hacerle un cocido en una olla de barro que debía enterrar en la tercera rotonda de Algete.. La señora de amarillo intentó mantener el tipo ante la situación que se le presentaba, y sólo se vio capaz de decirle: “ ¿y por qué no se lo pides a tu mujer?”, a lo que le respondió: “ es que cree que estoy loco…”
Bien, y tras varios intentos de persuasión, la señora de amarillo se negó en rotundo en hacerle la olla de cocido, aunque el hombre le insistió durante mucho tiempo.
Seguramente los marcianos extraterrestres debieron cansarse de esperar en Algete la llegada de su nuevo mesías, y decidieron irse a su planeta después de todo.. O quizás sigan esperando a que alguien encuentre de nuevo el retransmisor y se ponga en contacto con ellos. Ya sabéis, “ahí está la prueba tangible de que no estamos solos en el universo” o en otras palabras, “ ahí está la prueba tangible de que…”

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